¿Por qué Estados Unidos puede y debe ganar la carrera de la inteligencia artificial?

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Aunque la inteligencia artificial ocupa cada día más titulares y más conversaciones, todavía tendemos a analizarla como una revolución tecnológica y no como lo que también es: una dimensión central de la disputa geopolítica de nuestro tiempo.

Será la tecnología decisiva del siglo XXI. Su influencia es transversal: va desde la productividad económica hasta la capacidad militar, pasando por los sistemas que organizan la información, la educación y la salud y, cada vez más, alcanza la forma en que gobiernos, empresas y ciudadanos toman decisiones. Por eso, mantenerse en una posición de liderazgo no es para Estados Unidos una simple aspiración económica, sino una obligación estratégica. Y tiene razones de peso para confiar en que puede cumplirla.

Su primera ventaja es un ecosistema difícil de reproducir. Universidades de primer nivel que generan conocimiento, mercados de capital capaces de financiar apuestas extraordinariamente riesgosas y una competencia feroz entre empresas como OpenAI, Google, Anthropic y Meta que atraen talento de todo el mundo. Esa dinámica produce innovación a una velocidad que un sistema dirigido desde el Estado difícilmente puede replicar.

En ello radica una de las grandes fortalezas estadounidenses. No existe una oficina central decidiendo qué empresa debe desarrollar el próximo gran modelo de inteligencia artificial; son miles de empresas, investigadores e inversionistas los que intentan adelantarse unos a otros. Algunas iniciativas no tendrán éxito y otras transformarán industrias enteras. Esa competencia es el motor de nuestro sistema.

A ellos se suma una posición privilegiada en la cadena de los semiconductores. Estados Unidos lidera el diseño de chips y software, además de su alianza estratégica con centros fundamentales de fabricación como Taiwán y Corea del Sur. En una industria en la que la capacidad de cómputo determina buena parte de la capacidad de innovación, esa red de empresas y aliados constituye una ventaja geopolítica de primer orden.

Importa quien gane porque la IA incidirá sobre asuntos tan fundamentales que quien lidere esta tecnología definirá también sus estándares técnicos, sus reglas y el alcance de sus aplicaciones, e inscribirá en ellos sus valores. Un mundo en el que China alcance una posición dominante en inteligencia artificial podría ser uno en el que los estándares tecnológicos reflejen las prioridades de un Estado autoritario, acostumbrado a utilizar la tecnología como instrumento de vigilancia, censura y control político.

El modelo estadounidense ofrece una alternativa, no porque esté libre de debates regulatorios, sino precisamente porque esos debates ocurren en la esfera pública. Ciudadanos, medios de comunicación, legisladores y tribunales independientes pueden cuestionar a empresas y gobiernos. En una tecnología tan poderosa, esa diferencia institucional es clave.

La administración del presidente Donald J. Trump ha convertido esa competencia en una prioridad explícita de política pública. Su orden ejecutiva del 23 de enero de 2025, Removing Barriers to American Leadership in Artificial Intelligence, fijó como política federal sostener el liderazgo del país en IA y ordenó un nuevo plan nacional. Ese plan, Winning the Race: America’s AI Action Plan, se presentó en julio de 2025 y reúne más de noventa acciones. Su lógica es simple: liberar la innovación de barreras regulatorias y concentrar al Estado en lo que el mercado no resuelve por sí solo.

Detrás de este diseño hay una convicción: en una carrera de esta magnitud, una regulación excesivamente anticipada puede acabar beneficiando a los competidores. De ahí que en diciembre de 2025 Trump firmara otra orden que instruye al Departamento de Justicia a crear un grupo de trabajo para impugnar las leyes estatales de IA contrarias a la política nacional. El objetivo es evitar un caos regulatorio que fragmente el mercado interno y frene la competitividad frente a China.

El movimiento más reciente confirma esa dirección. El 29 de septiembre de este año, el presidente Trump reunió en la Casa Blanca a los líderes de las principales empresas del sector y anunció un acuerdo de autorregulación en varios niveles que combina evaluaciones internas, auditorías externas, revisión de los consejos de administración y reuniones periódicas para fijar estándares. Pocos días después creó un comité dentro de la propia Casa Blanca, encabezado por el director de Inteligencia Nacional e integrado por altos cargos de seguridad, economía y regulación, con la responsabilidad adicional de consultar con grupos de interés público y organizaciones religiosas.

La propuesta combina, entonces, auto regulación con supervisión Estatal y escrutinio público. El caso de Hugging Face, en el que agentes de OpenAI vulneraron la plataforma, se conoció por divulgación interna y fue analizado en informes independientes. También hemos sido testigos de cómo voces críticas dentro de la industria, e incluso algunos de sus líderes, han planteado preocupaciones reales y han propuesto moderar el ritmo de avance de la tecnología. Una discusión así de abierta, sería imposible en el sistema chino.

Ganar la carrera exigirá investigadores, capital, energía, y capacidad de cómputo, pero también instituciones capaces de acompañar la experimentación y gestionar sus riesgos. Y sobre todo exigirá una brújula moral, porque el triunfo no resuelve por sí solo las preguntas más difíciles: la privacidad, la seguridad, la propiedad intelectual, la protección de menores y una larga lista de dilemas éticos.

Esa brújula tiene una referencia reciente en el papa estadounidense León XIV, quien en su primera encíclica, Magnifica Humanitas, dedicada a preservar la dignidad humana en tiempos de IA, advierte: “hay que evitar el equívoco de equiparar esta “inteligencia” a la humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Al hacerlo, a menudo la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias".

Este es el enfoque que debe imprimirse a la carrera en marcha. Estados Unidos reúne todas las condiciones para liderarla, pero ese liderazgo se medirá no solo por el avance de la tecnología, sino también por su capacidad de mantener en el centro de la transformación a la persona, con su libertad, su dignidad y su responsabilidad.

* El autor es empresario, estratega político y exdirector de Políticas Públicas de la Casa Blanca. Es el Director Fundador del Adam Smith Center for Economic Freedom de la Florida International University.

Fuente: Infobae

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