América Latina gira a la derecha: ¿el efecto Milei o el agotamiento de la izquierda?

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En noviembre de 2023, Javier Milei ganó la presidencia argentina con una propuesta que pocos años antes parecía improbable: reducir drásticamente el tamaño del Estado, combatir a la denominada casta  política y cuestionar abiertamente buena parte de los consensos económicos e ideológicos que habían dominado la política argentina durante décadas.

Su victoria no fue solamente un cambio de gobierno. También significó que un candidato que había construido su identidad enfrentándose a partidos con años en el poder, lograra convertir el descontento social en una mayoría electoral.Análisis electoral

Casi tres años después, el mapa político latinoamericano muestra transformaciones difíciles de ignorar.

José Antonio Kast ganó la presidencia de Chile. Bolivia puso fin a casi dos décadas de predominio del Movimiento al Socialismo. Colombia eligió a Abelardo de la Espriella, un candidato de derecha que derrotó por un estrecho margen al continuador político de Gustavo Petro. En Perú, Keiko Fujimori consiguió finalmente llegar a la presidencia.Últimas noticias internacionales

Y Brasil, la economía más grande de América Latina, se encuentra a pocas semanas de una segunda vuelta presidencial en la que Flávio Bolsonaro parte con una interesante ventaja sobre Luiz Inácio Lula da Silva.

¿Estamos presenciando un cambio ideológico profundo o simplemente una reacción de sociedades cansadas de la corrupción, la desconexión con la realidad y los malos manejos económicos?

De Argentina al resto del continente

El caso chileno es uno de los más contundentes.

En diciembre de 2025, José Antonio Kast derrotó a Jeannette Jara, candidata respaldada por el oficialismo de izquierda, con aproximadamente el 58% de los votos frente al 42%.

La magnitud del resultado contrasta con el clima político de apenas unos años atrás, cuando Gabriel Boric había llegado al poder acompañado de grandes expectativas de transformación social.

¿Qué cambió?

Según la cobertura de Reuters durante la campaña electoral, la preocupación por la delincuencia, la inmigración irregular y la expansión de organizaciones criminales desplazó a otros asuntos que habían dominado anteriormente el debate político chileno.

La seguridad pasó a ocupar el centro de la discusión.

En Bolivia, el cambio respondió principalmente a otra urgencia: la economía.

Rodrigo Paz ganó las elecciones de octubre de 2025 con aproximadamente el 54,5% de los votos, poniendo fin al prolongado dominio político del MAS.Análisis electoral

Sin embargo, sería incorrecto presentarlo como un dirigente de derecha radical. Paz representa una alternativa más moderada, surgida en un contexto de crisis económica, inflación, escasez de combustibles y dificultades para sostener el modelo económico boliviano.

Su victoria demuestra que el fenómeno regional no consiste exclusivamente en la llegada de dirigentes ideológicamente similares a Milei.

En muchos casos, el denominador común parece ser algo más elemental: el deseo de cambiar el rumbo y es lógico: Las problemáticas que padecen las sociedades bajo el yugo de la izquierda suelen ser muy parecidas, corrupción con impunidad, revalorización de los derechos de los delincuentes por sobre las víctimas y la imposición de agendas woke que poco tienen que ver con la realidad que vive la mayoría de la gente.

Colombia ofrece otro ejemplo.

En junio de 2026, Abelardo de la Espriella ganó la presidencia por menos de un punto porcentual frente a Iván Cepeda, candidato de izquierda respaldado por Gustavo Petro.

Su campaña se apoyó en propuestas de endurecimiento contra el crimen, recuperación económica, reducción de impuestos y reactivación de la explotación de petróleo y gas.

En Perú, Keiko Fujimori también consiguió imponerse después de varios intentos presidenciales fallidos, en un país atravesado por la inseguridad y una inestabilidad política que ha debilitado considerablemente la confianza en sus instituciones.

Los resultados son diferentes, los candidatos tienen trayectorias distintas y sus programas económicos no son idénticos.

Pero las preocupaciones que los llevaron al poder empiezan a parecerse.

La inseguridad y la economía: dos motores del cambio

Durante años, buena parte de la discusión política latinoamericana giró alrededor de la distribución de la riqueza, la desigualdad, la ampliación de derechos y el papel del Estado en la economía.

Esos debates no desaparecieron.

Lo que parece haber cambiado es el orden de prioridades de una parte importante del electorado.

La inseguridad, el crimen organizado, la pérdida de poder adquisitivo y la frustración con los gobiernos socialistas están adquiriendo un protagonismo cada vez mayor.

En Chile, por ejemplo, un relevamiento de Ipsos citado por Reuters en noviembre de 2025 mostraba que el 63% de los consultados identificaba la delincuencia como una de sus principales preocupaciones.

El problema no se limita a la cantidad de delitos registrados.

También importa la percepción de que el Estado está perdiendo capacidad para proteger a sus ciudadanos. O mejor dicho, los estados izquierdistas muestran cierta cercanía a los delincuentes y a sus derechos, ponderando liberaciones prematuras, condenas más leves o incumplidas y hasta indulto a delitos graves.

Cuando una persona siente miedo de salir a la calle, la discusión sobre grandes transformaciones ideológicas puede quedar relegada frente a una necesidad mucho más inmediata: volver a su casa sin que le pase nada.

Algo parecido ocurre con la economía.

Para una familia que no consigue llegar a fin de mes, que ve cómo sus ingresos pierden valor o que enfrenta dificultades para conseguir empleo, las promesas de transformación social pueden resultar insuficientes si no están acompañadas de mejoras concretas.

Y ahí aparece una oportunidad para candidatos que ofrecen respuestas diferentes a las de los gobiernos tradicionales.Cuando la población ve que sus impuestos son utilizados para cuestiones de agenda que no influyen en sus vidas cotidianas y alimentan caprichos ideológicos o luchas externas, empiezan a pensar cuáles son las prioridades de los políticos que dicen defender por excelencia a la clase qué más de eso impuestos pagan: los trabajadores.

No necesariamente porque todos los ciudadanos hayan adoptado una filosofía económica liberal o conservadora, sino porque buscan soluciones a problemas que consideran urgentes y que las políticas de izquierda han agravado.

¿Existe realmente un efecto Milei?

La victoria de Milei en 2023 puede interpretarse como uno de los acontecimientos que anticiparon esta transformación regional.

Su llegada al poder demostró que un candidato abiertamente enfrentado con el establishment político podía ganar una elección presidencial y sostener una identidad ideológica marcadamente diferenciada de los partidos tradicionales.

Pero atribuirle directamente las victorias posteriores de Kast, Paz, De la Espriella o Fujimori sería una simplificación.

El bolsonarismo existía antes de Milei. Kast ya había disputado la presidencia chilena en 2021. Los problemas económicos bolivianos responden a circunstancias propias, y Colombia tiene una historia particular de conflicto armado y narcotráfico.

Lo que sí puede plantearse es que Milei se convirtió en una referencia visible de una corriente regional que cuestiona a las élites políticas, reclama reformas económicas y busca disputar la hegemonía cultural de la izquierda.

Su estilo confrontativo, su utilización de las redes sociales y su capacidad para transformar el rechazo a la  política tradicional en identidad electoral forman parte de una nueva manera de competir por el poder. Además, ha logrado encaminar el rumbo de gran parte de sus promesas de campaña como el control de la inflación que sufre Argentina sumado a políticas de endurecimiento de penas para delincuentes y políticos corruptos.Análisis electoral

Sin embargo, el avance regional no responde a un único modelo.

Mientras Milei propone una transformación económica de inspiración libertaria, Kast representa una derecha más conservadora, y Rodrigo Paz una alternativa centrista con orientación reformista.

El voto de cambio no siempre es un voto ideológico, pero sí podemos inferir que gran parte del electorado considera a los ejes centrales de la derecha más cercanos a sus problemas cotidianos.

Brasil: la próxima gran prueba

El próximo 25 de octubre, Brasil celebrará una segunda vuelta presidencial que podría profundizar esta tendencia.

Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, obtuvo el 47,03 % de los votos válidos en la primera vuelta del 4 de octubre, frente al 45,16 % de Lula, de acuerdo con el conteo realizado por el Tribunal Superior Electoral (TSE).

La primera encuesta Datafolha posterior a la elección le atribuye una ventaja de 52% a 48% en votos válidos.

Pero sería prematuro dar la elección por terminada.

Brasil continúa profundamente polarizado y el resultado dependerá, entre otros factores, de la capacidad de ambos candidatos para movilizar a los abstencionistas y captar a los votantes que no eligieron a ninguno en primera vuelta.

Una victoria de Flávio Bolsonaro tendría consecuencias que excederían las fronteras brasileñas.

Argentina y Brasil son dos de las principales economías sudamericanas. La coincidencia de gobiernos de derecha en ambos países podría favorecer acuerdos políticos y económicos en determinadas áreas, aunque no eliminaría las diferencias comerciales ni los intereses nacionales.

También fortalecería la presencia regional de dirigentes cercanos a Donald Trump.

Sin embargo, una eventual derrota de Lula tampoco significaría automáticamente la desaparición de la izquierda brasileña, del mismo modo que una victoria de Lula no eliminaría el peso político del bolsonarismo.

¿Qué podemos esperar para los próximos años?

El avance electoral de la derecha plantea al menos tres escenarios.

El primero es una mayor coordinación entre gobiernos que comparten prioridades como seguridad, control migratorio, apertura económica o reducción de regulaciones.

El segundo es una reorganización de la izquierda latinoamericana. Las derrotas electorales pueden impulsar revisiones programáticas, nuevos liderazgos y un intento por recuperar sectores sociales que dejaron de sentirse representados.

El tercero, posiblemente el más importante, es una nueva etapa de evaluación de resultados.

Porque ganar una elección prometiendo combatir la inseguridad es una cosa.Reducir efectivamente la delincuencia es otra, aunque ya hay antecedentes en Argentina sobre el descenso de los delitos y asesinatos gracias a las políticas de mano dura bajo el lema “el que las hace, las paga”

Prometer crecimiento económico puede resultar electoralmente atractivo. Conseguir que ese crecimiento llegue a los hogares, genere empleo y mejore las condiciones de vida constituye un desafío considerablemente mayor, cómo bien está experimentando el gobierno de Javier Milei.

Además, los gobiernos de derecha enfrentan riesgos propios. Las políticas de ajuste pueden generar resistencia social, las promesas de seguridad pueden chocar con limitaciones institucionales y las coaliciones conservadoras pueden fracturarse por diferencias internas.

En otras palabras, el éxito electoral no garantiza el éxito gubernamental.Análisis electoral

Y el electorado que hoy castiga a la izquierda podría castigar mañana a la derecha si sus expectativas vuelven a frustrarse.

La derecha tiene una oportunidad única para resolver los problemas principales de sus poblaciones, y esa es la única manera de que puedan lograr la reelección: Que la gente tenga más dinero en el bolsillo y que haya cada vez menos chance de que alguien quiera quitárselos cuando salen a trabajar a la calle.

¿El fin de una época o el comienzo de otra?

Quizás la pregunta más importante no sea por qué tantos latinoamericanos están votando a la derecha, sino por qué están dejando de votar a quienes los gobernaban.

Durante años, diferentes movimientos políticos construyeron su legitimidad prometiendo mayor igualdad, protección social y un Estado capaz de resolver los problemas de la población.

Pero sucedió todo lo contrario. La izquierda trajo políticas de ablandamiento frente al crimen mediante la romantización del mismo. El ensañamiento con políticas de género alejaron a la clase trabajadora que está preocupada por temas como la economía o la inseguridad antes que la distribución de hormonas para las llamadas “infancias trans”. Y la destrucción de los sistemas previsionales otorgando jubilaciones a personas sin aportes, y elevando excesivamente los montos impositivos para financiar lo mencionado anteriormente. Un coctel explosivo que, sumado a los casos de extrema corrupción y hasta violación de derechos humanos como los casos de Venezuela, Cuba y Nicaragua han hecho entender al electorado latinoamericano que la izquierda no ha hecho más que crear problemas nuevos además de no resolver los que prometió solucionar.Transición política Venezuela

Cuando la inseguridad aumenta, cuando el salario no alcanza o cuando la ciudadanía percibe que sus dirigentes están más preocupados por sus disputas ideológicas que por los problemas cotidianos, aparece un espacio para quienes prometen hacer las cosas de otra manera.

Javier Milei fue uno de los primeros dirigentes de esta nueva etapa en convertir ese descontento en una victoria presidencial.

Kast, Paz, De la Espriella y Fujimori llegaron al poder por caminos diferentes, pero dentro de un clima regional atravesado por demandas similares.

Flávio Bolsonaro podría sumarse a esa lista dentro de pocas semanas.

¿Significa esto que América Latina se volvió definitivamente de derecha?

Probablemente no.

La historia  política regional está marcada por alternancias, crisis económicas, decepciones y cambios de rumbo.

Pero sí parece haber una señal que los dirigentes de cualquier ideología deberían escuchar.

Los ciudadanos pueden tolerar diferencias ideológicas, discursos confrontativos e incluso decisiones difíciles.

Lo que difícilmente puedan tolerar indefinidamente es que sus problemas permanezcan sin respuesta.

Quizás América Latina no esté girando hacia la derecha por haberse vuelto más conservadora. Quizás simplemente esté girando hacia quienes prometen ocuparse de los problemas que sus gobiernos anteriores no lograron resolver.

Y si esa promesa tampoco se cumple, el péndulo volverá a moverse.

Fuente: PanamPost

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