

Hay fechas que quedan grabadas para siempre en la memoria de los pueblos. El 7 de octubre es una de ellas. No solamente para Israel, sino para todos aquellos que creen que la vida de un ser humano no puede convertirse en moneda de cambio de ninguna causa política, religiosa o ideológica.
Aquel día, Hamas y otros grupos armados palestinos lanzaron un ataque contra Israel que dejó más de 1.200 muertos y 251 personas secuestradas. Hubo asesinatos de civiles, familias enteras atacadas, jóvenes asesinados en un festival y personas llevadas como rehenes a Gaza. Tres años después, Naciones Unidas sigue describiendo aquel ataque como un acto de terror y recuerda el enorme dolor que dejó en las familias de las víctimas.


El 7 de octubre no puede relativizarse, justificarse ni convertirse en una nota al pie de la historia. Porque cuando se empieza a buscar explicaciones que terminan justificando el asesinato de civiles, el secuestro de niños, mujeres y ancianos o la utilización de personas como rehenes, se está cruzando una frontera moral que ninguna ideología debería permitir cruzar.
Israel tiene derecho a defenderse. Tiene el mismo derecho que cualquier Estado a proteger a sus ciudadanos frente a organizaciones que declaran abiertamente su voluntad de destruirlo y que utilizan el terrorismo como instrumento de guerra. Defender ese derecho no significa negar el sufrimiento de los civiles palestinos ni desconocer la necesidad de una solución política. Significa simplemente sostener un principio elemental: ningún país está obligado a aceptar que sus ciudadanos sean asesinados o secuestrados sin responder.
Pero existe otro problema que muchas veces se intenta esconder debajo de la alfombra: la financiación y el respaldo internacional que reciben las organizaciones armadas que actúan contra Israel.
Irán ha sido identificado durante años por el Departamento de Estado estadounidense como Estado patrocinador del terrorismo y, según sus informes, ha proporcionado financiamiento, armas, entrenamiento y otro tipo de apoyo a Hamas, Hezbollah, los hutíes y otros grupos armados. El propio informe estadounidense sobre terrorismo correspondiente a 2023 señala que Irán continuó proporcionando apoyo material a Hamas y que ese respaldo contribuyó a las capacidades que permitieron ejecutar el ataque del 7 de octubre, aunque aclara que no existían pruebas de que Teherán conociera anticipadamente los planes concretos de aquel ataque.
Entonces aparece una pregunta inevitable: ¿cómo se puede construir una paz duradera mientras existan gobiernos dispuestos a financiar organizaciones cuya estrategia incluye la violencia y el terrorismo?
La respuesta parece evidente. La paz necesita interlocutores que quieran la paz. Necesita que las armas dejen de ser una herramienta política. Necesita que los rehenes no sean utilizados como instrumentos de negociación. Y necesita, sobre todo, que quienes financian a las organizaciones armadas comprendan que el terrorismo no puede ser una política exterior.
Pero hay algo más que tampoco podemos ignorar.
Israel no solamente ha sido atacado por organizaciones terroristas. También ha sido atacado en distintos lugares del mundo por el antisemitismo que vuelve a aparecer disfrazado de consignas políticas. Y aquí hay que ser muy claros: criticar las decisiones de un gobierno israelí es legítimo, como lo es criticar a cualquier gobierno del planeta. Convertir esa crítica en odio contra los judíos, justificar asesinatos de civiles por ser israelíes o negar el derecho del pueblo judío a existir y vivir en seguridad es otra cosa.
El problema aparece cuando algunos discursos que dicen defender exclusivamente a los palestinos terminan justificando, minimizando o relativizando los crímenes cometidos por Hamas. No todos quienes cuestionan a Israel son antisemitas, por supuesto. Pero el antisemitismo existe, y no desaparece porque se disfrace detrás de determinadas consignas políticas.
La historia ya enseñó demasiado sobre lo que ocurre cuando el odio contra los judíos se normaliza.
Por eso el 7 de octubre debe permanecer en la memoria. No para alimentar el odio, sino precisamente para impedir que el odio vuelva a convertirse en una excusa para asesinar. Recordar a las víctimas no significa olvidar a los civiles palestinos que también sufren. Significa rechazar la idea de que una vida vale más que otra dependiendo de la bandera, la religión o el lugar donde nació.
Israel tiene derecho a existir. Los israelíes tienen derecho a vivir seguros. Los palestinos también tienen derecho a vivir en paz, con dignidad y sin terrorismo.
Y mientras existan gobiernos que financien a organizaciones armadas y mientras una parte del mundo siga encontrando argumentos para justificar el asesinato de inocentes, la paz seguirá siendo una tarea difícil, frágil y permanentemente amenazada.
El 7 de octubre no se olvida.
Porque olvidar a las víctimas sería permitir que quienes las asesinaron ganen también la batalla de la memoria.





Consecuencias nefastas de prácticas inmorales de la política moderna: el ataque de las “morsas” y los “gorilas”

La Unión Europea y China comienzan una negociación clave para evitar una guerra comercial
Milei sigue con optimismo la elección en Brasil y respaldó a Bolsonaro en redes
Israel y los judíos: cómo reaccionar ante un odio demasiado grande para un pueblo y un país tan pequeños



La nefasta ley contra el odio en Venezuela va a revisión en la Asamblea Nacional

La Unión Europea alerta por una crisis energética y pide reducir el consumo

Gira por New York: Milei se reunirá con Netanyahu y disertará en el Club Económico antes de regresar a Buenos Aires


El régimen de Irán reconoció que evalúa la propuesta de paz presentada por Estados Unidos a través de Qatar

Perú vuelve a las urnas por tercera vez en 2026: un país entre el crimen, la corrupción y la amenaza de El Niño

Flávio Bolsonaro convoca marcha con miles de motos antes de las elecciones



Detectaron un agujero del tamaño de Portugal en el hielo de la Antártida: las causas del fenómeno
Lula dijo que intentará movilizar a los 30 millones de brasileños que no votaron para revertir la ventaja de Bolsonaro





