

La agenda política detrás del show de Bad Bunny en el Super Bowl
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El puertorriqueño Bad Bunny acapara titulares este fin de semana por su presentación en el medio tiempo del Super Bowl, batallando con una larga lista de contradicciones; empezando por el hecho de que su nombre artístico contradice su discurso en los Grammy celebrados el pasado domingo, cuando, como dato curioso, dijo «no somos salvajes, no somos animales», en referencia a los inmigrantes sin papeles en Estados Unidos –la mayoría latinos– que están siendo deportados. Pero no se trata solo de este casual juego de palabras que ha sido una simple anécdota que quedó para los memes. Detrás de su elección hay una agenda política que busca posicionar un relato con clara intención electoral en el evento más visto de la televisión estadounidense, mientras cabalga la mayor de sus incoherencias haciéndole un desaire a sus ingenuos fanáticos.
Para cumplir con el objetivo político de su show, Bad Bunny le falló a sus seguidores en EEUU, que no podrán verlo en concierto porque, como protesta contra las redadas de indocumentados, excluyó a este país de su gira, pero sí se presentará en la final de la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL, por sus siglas en inglés), donde la entrada más barata no baja de 4000 dólares, un precio impagable para las personas que dice defender. Sin embargo, lo importante para los productores que manejan al artista es que su mensaje con alta carga política llegue a las personas que votan en las elecciones de medio término de noviembre, en las que el presidente Donald Trump y su Partido Republicano se juegan la mayoría en ambas cámaras.
En este negocio todos ganan. Los empresarios detrás del evento, además de asegurar audiencia para un espacio donde cada segundo de publicidad cuesta millones de dólares, también cumplen con sus amos políticos, que han convertido la industria del espectáculo en un apéndice del Partido Demócrata. Por su parte, Bad Bunny, a pesar de no recibir un centavo por su presentación en el Super Bowl, –como ha sido históricamente la regla de la NFL– no deja de facturar por otros medios, gracias a la enorme exposición que consiguen los artistas que son escogidos para el medio tiempo, que es el beneficio económico de lo que podría considerarse el intercambio comercial más rentable de la industria musical.


El Super Bowl dispara los ingresos de Bad Bunny, pero sus fans lo podrán ver
De acuerdo con estimaciones de Billboard, basadas en datos de Luminate, Bad Bunny factura actualmente por su repertorio unos 788.500 dólares semanas solo en Estados Unidos, pero luego de su presentación en el Super Bowl se prevé que esta cifra se dispare hasta alcanzar los 1,7 millones semanales, duplicando sus ganancias a un punto en el que podría estar recuperando un buen porcentaje de lo que dejaría de percibir por negarse a llevar su gira a territorio estadounidense. De esta manera, el puertorriqueño no pierde nada. Los que pierden son sus fans, que se quedan con las ganas de verlo en vivo por una jugada política de la que ha sabido sacar provecho con la polémica y la expectativa, lo que le permitiría conseguir la meta de batir los récords de Rihanna y Kendrick Lamar en el Super Bowl, apuntando a superar los 130 millones de espectadores.
Un detalle no menor es que los asistentes al Super Bowl –en su gran mayoría– no van por ver el espectáculo de medio tiempo sino para disfrutar del partido que define al campeón de la NFL. Lo mismo ocurre con los estadounidenses que siguen el decisivo encuentro por televisión, que este año se realiza en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, donde se enfrentan por el título los New England Patriots y los Seattle Seahawks. De más está decir que el fútbol americano no es un deporte que siga masivamente el público latino, menos aún las personas que cruzaron la frontera de manera irregular y que, tanto el «conejo malo» como el resto de celebridades que sirven a los intereses del progresismo, dicen defender.
Los aplausos por desafiar a Trump
Aunque se ha insistido en que este será el Super Bowl más latino porque –a diferencia del show de Shakira y Jennifer López en 2020– en esta oportunidad por primera vez se catará totalmente en español (si a sus balbuceadas se llama cantar), lo cierto es que la mayoría de los espectadores muy probablemente no se enteren de lo que él diga porque el evento es seguido mayoritariamente por público que no habla español (tampoco es que los hispanos nativos le entendamos mucho). De lo que sí estarán todos al tanto es de que el presidente Donald Trump no asistirá este año al Super Bowl por estar en contra de la elección de Bad Bunny como artista principal del medio tiempo, y para sus detractores con eso basta para aplaudir al puertorriqueño. No se puede olvidar que California es uno de los estados más azules. En 2024, la candidata demócrata Kamala Harris consiguió 58,5 % de los votos, extendiendo la racha de derrotas republicanas en el estado más poblado del país.
Con el grito «ICE out«, Bad Bunny lideró en los Grammy una campaña contra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas por las redadas contra indocumentados, en las que además se han registrado varias muertes. Debido a los excesos en estos operativos –que los ha habido–, el repudio a la política migratoria de Trump es, sin duda, la bandera de sus oponentes de cara a las elecciones de medio término, que se celebrarán en noviembre. De hecho, las encuestas ya dan ventaja a los demócratas. Lo cierto es que, si bien ha habido un mal manejo del tema, al punto de que se ha calificado como «criminales» a todas las personas sin papeles, tengan antecedentes penales o no, tampoco se puede ignorar el hecho de que el pasado gobierno demócrata de Joe Biden permitió el ingreso de un gran número de delincuentes, incluyendo la banda de origen venezolano, Tren de Aragua, que no tenía presencia previa en EEUU.
La hipocresía del «progresista» mundo del espectáculo
Entonces, ¿es válido levantar la voz en defensa de los migrantes? Por supuesto que sí. Lo que no es honesto es romantizar a todos los indocumentados, pretendiendo ignorar que, como en toda colectividad social, hay buenos y malos. Y más deshonesto aún es hacerlo para perjudicar una tendencia política y favorecer a la otra en un año electoral, en el marco de una campaña claramente orquestada por sectores interesados en voltear la correlación de fuerzas en el Congreso estadounidense.
No se puede olvidar que estos artistas que hoy se enfocan en atacar –con o sin razón– la severa política migratoria de Trump, son los mismos que el año pasado estaban más preocupados por la situación en la Franja de Gaza –que poco ha cambiado–, pero ahora dejaron esta causa en el olvido porque el objetivos político es otro. También llama la atención que ninguno de ellos ha levantado la voz para defender a los iraníes que están siendo masacrados por el régimen islámico por ejercer su derecho a la protesta. Y para colmo, de estas mismas filas del «progresismo» estadounidense hasta han salido muchos levantando ahora la bandera de Venezuela para defender al depuesto dictador Nicolás Maduro, exigiendo su «liberación» con la excusa de una supuesta preocupación por la soberanía, el derecho internacional y el petróleo venezolano.
Entre el activismo político y la inversión chavista
Que el sello discográfico que lanzó la carrera de Bad Bunny haya sido fundado por un inversionista vinculado con el chavismo es un detalle no menor que tampoco parece casual. No en vano, el presidente del Senado de Puerto Rico, Thomas Rivera Schatz, ha criticado «la hipocresía del pupilo de Nicolás Maduro», en referencia Benito Martínez Ocasio, quien adquirió el nombre artístico de Bad Bunny y, sin disimulo, asumió un activismo político e ideológico desde sus inicios, bajo el patrocinio de marcas que, no casualmente, siguen la misma línea. Balenciaga es solo una de ellas. Y detrás del despliegue en el Super Bowl está Apple Music, con un patrocinio que ronda los 50 millones de dólares.
Desde su participación en las protestas de 2019 en Puerto Rico, que generaron la renuncia del gobernador Ricardo Rosselló, comenzó a asumir una postura política cada vez más notable en sus canciones. Por ello, la elección de Bad Bunny para el medio tiempo del Super Bowl es un desafío directo al gobierno de Donald Trump. Más allá de que la causa que dice defender sea justa o no, es evidente que él ha sido un producto creado para propagar una ideología mediante su música a una generación fácilmente manipulable.
Fuente: PanamPost





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