





Para nadie es un secreto que Nicolás Maduro se había convertido en un lastre para la izquierda latinoamericana que busca sobrevivir bajo las reglas de la democracia. El presidente de Chile, Gabriel Boric, fue el primero en apartarse del dictador luego del fraude cometido en las elecciones del 28 de julio de 2024. El éxodo de más de ocho millones de venezolanos regados por el mundo (la mayoría en los países de Sudamérica), las investigaciones en organismos internacionales por violaciones a los derechos humanos y las acusaciones de vínculos con el narcotráfico habían convertido al heredero del chavismo en un verdadero estorbo difícil de defender. La ruptura del hilo constitucional tras el anuncio de un resultado electoral fraudulento fue –para algunos líderes izquierdistas– la gota que derramó el vaso. En el vecino Brasil, el complejo tema de Venezuela terminó siendo muy incómodo para el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, que tras la captura de Maduro logró salir del laberinto político-ideológico en el que se encontraba.
Lula, junto con su homólogo colombiano, Gustavo Petro, intentó buscar una solución a la crisis en Venezuela luego de los comicios presidenciales que, para ambos mandatarios fueron, por lo menos, cuestionables. Si bien no se atrevieron a hablar directamente de fraude, sí exigieron la publicación de las actas y evitaran reconocer el inverosímil resultado anunciado por el Consejo Nacional Electoral (CNE). Con el pasar del tiempo, Petro decidió hacerse de la vista gorda y mantener relaciones «institucionales» con Caracas, aunque defendiendo ocasionalmente a su histórico aliado frente a la presión militar estadounidense invocando la conveniente «soberanía» y «autodeterminación de los pueblos». Por su parte, Lula apostó por un distanciamiento más notorio que matizaba con tímidos reclamos concernientes a la defensa del derecho internacional. Hoy ya no tiene que disimular.
Para decepción del chavismo y seguidores de la extrema izquierda internacional que solo creen en la solidaridad automática, Lula incurrió en una «traición» con sus declaraciones de este jueves, cuando en una entrevista, frente una pregunta sobre lo que se puede hacer para lograr que Maduro y su esposa, Cilia Flores, vuelvan a Venezuela o que los venezolanos tengan poder sobre la extracción del petróleo, él respondió que «esa no es la preocupación principal». El mandatario brasileño sugirió que lo más importante ahora es «la posibilidad de fortalecer la democracia en Venezuela», que los millones de venezolanos en el exterior puedan «volver» a su país y que «la democracia sea efectivamente respetada y que el pueblo pueda participar activamente».


Chavismo decepcionado con la «traición» de Lula
Esto no cayó bien en las escasas bases chavistas, que le echaron en cara el respaldo «incondicional» que le brindaron cuando él estuvo preso tras haber recibido dos condenas por corrupción, en el marco de la operación Lava Jato. «Lula estuvo 580 días preso por un proceso comandado desde EEUU. América Latina y el Caribe se movilizaron para exigir su libertad. Ocho años después dice esto», reclamó en sus redes sociales el corresponsal en Brasil de la cadena de televisión chavista Telesur, Nacho Lemus.
Su colega de Telesur en Venezuela, Madelein García, agregó al respecto: «Aliados como ese para qué enemigos». En la misma línea, William Castillo Bollé, quien fue director de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (Conatel) y presidente del canal estatal Venezolana de Televisión (VTV), lamentó que «Nicolás Maduro estuvo ahí cada día apoyando a Lula en su injusta prisión y así le paga hoy». Además, agregó que la posición del líder del Partido de los Trabajadores (PT) se debe al hecho de que viajará a Washington para reunirse con su homólogo estadounidense, Donald Trump, con quien comparte intereses económicos. «Lula va a hablar con Trump de negocios: cómo sacar petróleo y ganar plata con Venezuela; y de política: cómo ayudar a Trump en su plan injerencista en nuestro país haciendo de capataz regional para vigilar nuestra democracia».
Más allá de la doble decepción que hoy golpea al chavismo –el descabezamiento del régimen y la pérdida de un aliado histórico–, Lula da Silva, al igual que Petro, tiene dos prioridades sobre la mesa, una económica y otra política: proteger las relaciones comerciales con la primera potencia mundial y preservar el poder enfocándose ambos en ganar las próximas elecciones presidenciales, el brasileño buscando su cuarto mandato y el colombiano mediante su candidato Iván Cepeda, ante el impedimento constitucional de reelegirse.
Fuente: PanamPost




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